Texto

El poder de lo cómico

        

Daniel Braun

                               

Uno puede volver cómica a una persona para hacerla despreciable, para restarle títulos de dignidad y autoridad. (…) Condición para ello es que la presencia de lo sublime no nos mantenga en nuestra predisposición a venerarlo.  
S. Freud  

I.                        

A principios de junio,  dos hombres, charlando animadamente, bajan de Atenas a El Pireo, para honrar a  Bendis, diosa tracia, cuyas fiestas se celebran. Luego de la  procesión deciden quedarse hasta la noche: la tradicional  carrera de antorchas se realiza por  primera vez a caballo. Entre la procesión y la carrera,  Sócrates y Glaucòn (hermano mayor de Platón) junto a otros  atenienses, encuentran tiempo para la conversación filosófica. Los estudiosos coinciden: República  es un diálogo clave en la obra de  Platón; allí expone algunos temas centrales de su pensamiento  más extensamente que en otros diálogos.  Trata, en su mayor parte,  de la organización de la polis, tal como era cuando  Platón anhelaba reformarla: en casi todos sus escritos está presente la intención social o política, pero aquí expone su sistema  del Estado ideal, las características que debería tener para que el  hombre encuentre su felicidad y desarrolle adecuadamente su moralidad. El tema central es la justicia –tanto en lo que concierne al individuo como a la sociedad- y su implementación en ese Estado, así como también la injusticia en sus manifestaciones más diversas. También hay digresiones, en relación a cuestiones aparentemente tangenciales, pero no sin relación con el problema central: los derechos y participación de las mujeres en el gobierno, la teoría de las ideas y la doctrina de la inmortalidad.

Bernard Baas, en “La risa inextinguible de los dioses”[1], comenta las ideas platónicas acerca de la educación que aparecen en República – ocupan un espacio importante del diálogo- : ¿Qué discurso conviene que escuchen los que luego serán soldados, “guardianes” de la ciudad?   Platón se preocupa por los efectos de los relatos que se cuentan a los niños: una parte no menor de la educación estaba relacionada con la mitología, en especial con los poemas homéricos.   Propone suprimir de los mismos algunos tramos que, estima, no influencian adecuadamente a los jóvenes: no harán de  esos niños hombres valientes, capaces de honrar a los dioses y a sus padres. Menciona, por ejemplo, las descripciones que se refieren al infierno, el Hades,  alegando que  esas imágenes horribles no estimulan el coraje: ¿quién puede vencer el temor a morir, si lo que espera luego es terrorífico?

Sugiere también quitar las lamentaciones y quejas que se atribuyen a los “hombres ilustres”, a los sabios, y juzga  inadecuada a la idea deseable de divinidad la representación de dioses llorando y quejándose de su suerte (como aparecen en ocasiones en Homero, en Hesíodo y  en ciertos pasajes trágicos), o cometiendo hechos inmorales.O bien como seres que pueden quedar tomados por una risa incoercible, tal como se puede leer sobre el final del primer canto de  la Ilíada:

“Así habló y se sonrió Hera, la diosa de blancos brazos,
y tras sonreír aceptó de su hijo en la mano la copa.
Mas él a todos los demás dioses de izquierda a derecha
Fue escanciando dulce néctar, sacándolo de la cratera
Y una inextinguible risa se despertó entre los felices dioses
Al ver a Hefestos moverse afanosamente entre ellos”[2]

La imagen homérica es desopilante: los dioses (¿ebrios?) se ríen a carcajadas, de forma  incontenible, de un dios rengo que trabajosamente  les escancia sus bebidas favoritas[3].

En la visión de  Platón, los dioses solo pueden ser buenos, bellos e inmutables, y no cabe atribuirles rasgos de odio, maldad o falsedad. Si el Olimpo es el lugar de la divinidad, de la  verdad suprasensible, nada se debe prestar allí a risa: no se debe reír en el Olimpo, no se debe reír del Olimpo…  La condena platónica, como decíamos, se extiende a la representación  de “hombres dignos de estima”  con la degradante imagen de seres imperfectos, sometidos a influencias sensibles: unos y otros, por el contrario, deben inspirar admiración y respeto.   Platón percibió claramente el poder de lo cómico para atentar contra lo sublime.[4]

II.

Hacinados en la barraca, luego de una extenuante jornada de trabajo en el lager, un grupo de prisioneros conversa cansinamente;  uno de ellos le pregunta a otro: “¿Tienes Mein Kampf[5]?, y el otro responde: “Tengo mein krampf” (retortijón).  Una  risa sorda se extiende entre todos; las bromas susurradas (flusterwitze)  fáciles de crear, breves para transmitir, reforzaban la solidaridad y ayudaban a soportar el sufrimiento sin enloquecer, sin entrar en el estado de estupor del “musulmán”[6].

La comicidad anti nazi existió desde los albores del régimen: chistes y bromas fueron producidos y coleccionados por  la población de los países invadidos y por algunos sectores  del pueblo alemán mismo. Difundidos por radio, por publicaciones clandestinas, por conversaciones disimuladas, sus blancos preferidos eran Hitler, Goebbels y Goering. Este último,  por ejemplo, era satirizado por su afición a ostentar medallas: una unidad de medida ficticia, el “goer” era la cantidad máxima de estaño que una persona puede llevar sobre su pecho sin caer hacia adelante.  Goebbels, ministro de Propaganda del Tercer Reich,   era apodado “Mickey”, por su baja estatura, o “Mahatma Propagandhi” por su expresión afectada.

Muchos chistes, canciones breves y bromas fáciles de retener nacían en los “cabarets políticos”: en las grandes ciudades alemanas, en algunas de los países invadidos, e inclusive en algunos guetos, asumían un rol crítico que los medios escritos ya casi habían abandonado desde la Primera Guerra. Su inmediatez, los matices aportados por un gesto, por un guiño, le permitían conservar cierta independencia crítica y burlar la censura.

Andrea Lauterwein, en Rire, Mèmoire, Shoah[7], relata una escena de una función de Werner Finck, ícono del cabaret anti nazi y blanco preferido de la persecución de Goebbels; aunque su cabaret estaba compuesto en su totalidad por no judíos, le gustaba dejar planear la duda: en cierta ocasión, en plena representación, un nazi del público le espeta “judío sucio!” La respuesta: “Lo lamento, caballero, pero usted se equivoca,  de inteligente solo tengo la cara”. Internado en el campo de Esterwegen, cerca de la frontera con Holanda, forzado por  el comandante a improvisar un espectáculo, lo inaugura así: “Camaradas, vamos a tratar de entretenerlos un poco hoy. Nuestro humor nos va a ayudar, no lo hemos perdido, aunque la distancia entre el humor y el cadalso nunca fue tan corta”

La  comicidad de los albores, casi inocente, poco más que una ridiculización de las  estrafalarias maneras de los nazis[8], se fue tornando cada vez más ácida a medida que iba transcurriendo el tiempo,  cambiando el contexto político y quedando  en evidencia la ausencia total de escrúpulos y la eficacia de los nazis en la consecución de  sus objetivos. El asesinato de Ernst Rohm en 1934, por ejemplo[9] generó toda suerte de bromas:

“Que Dios guarde a Hitler. Que Dios guarde también a Goering y a Goebbels. A Rohm ya se lo ha guardado”

A partir de 1933, en consonancia con la llegada al poder del partido nazi  y de la “nazificaciòn” de la sociedad (de la mano de la brutalidad de las SA, del aparato de propaganda, y favorecida por cierta bonanza económica de los primeros años) comenzó lo que Herzog llama “el cercenamiento del estado de derecho”.  Un decreto denominado “Para la protección del pueblo alemán” habilitaba al nuevo gobierno a prohibir a discreción actos y publicaciones de adversarios políticos. Hitler “sugirió” a los periodistas no cometer “errores” en la información. También  la comicidad política oral era perseguida: difundir esas bromas era considerado traición de estado,  tanto  narrador como  oyente eran pasibles de ser enjuiciados. Podía llegar incluso  a la condena a muerte si el tribunal aplicaba la “ley de perfidia” (1934), o de desmoralización del ejército (1938).  El delito de contar chistes contrarios al régimen era medido con diferentes varas por el estado: algunos acusados (en especial si eran simpatizantes nazis) sufrían una simple amonestación, otros eran enviados a prisión, y muchos casos, cuando lo que estaba en juego era la búsqueda de una razón para eliminar a alguien, terminaban con la condena a muerte. La cantidad de ejecuciones se multiplicó en los últimos años de la guerra, cuando ésta alcanzó al territorio alemán mismo  y  la falsedad de las promesas resultó ya irrefutable. En Berlín, que sufrió severamente el bombardeo aliado, circulaba en esos años la siguiente historia:

“El dominio de los nazis ha llegado a su fin. La suerte está echada. Hitler, Goering y Goebbels están en el patíbulo a punto de ser ahorcados. Entonces Goering (jefe de la fuerza aérea), queriendo tener como siempre la razón,  se vuelve una vez más hacia Goebbels y le dice en los estertores de la agonía: “Ya te lo decía yo siempre: la cosa se decidirá en el aire”[10]

Mientras la mayoría de los prisioneros, exhaustos, se van quedando dormidos, algunos continúan conversando; entre los judíos circulan bromas negras, algunas muy críticas hacia los propios:

“Una aldea judía sufre ataques, pogroms y ejecuciones cada vez más terribles. Uno va al pueblo de al lado y lo cuenta. Le preguntan: “¿qué hicieron ustedes?” “La última vez no solo hemos rezado 75 salmos, sino los 150 completos. Y ayunamos como en el día del Perdón. ”Está muy bien -le contestan- no se puede aguantar todo, hay que defenderse”

Pero en la mayoría predomina la burla, la ridiculización del enemigo:

“Dos judíos van a ser fusilados. A último momento, la orden cambia: van a ser ahorcados. Entonces uno le dice a otro: “¿Ves? Ya no les quedan ni balas!”

III

Freud comienza el último capítulo del libro del Witz afirmando taxativamente que el chiste se hace mientras que la comicidad se descubre, caracterizando a esta última  como un encuentro no buscado, un hallazgo. Pero un poco más adelante rectifica el rumbo, sosteniendo que es posible aislar aquello que torna cómica a una persona:

“el descubrimiento que uno tiene el poder de volver cómico a otro abre el acceso a una insospechada fuente de placer y da origen a una refinada técnica”[11]

Ya no se trata del azar, del efecto fortuito de la capacidad de observación de un sujeto, sino del descubrimiento de un poder, con consecuencias muy particulares: “Uno puede volver cómica a una persona para hacerla despreciable, para restarle títulos de dignidad o autoridad”

Es decir, ese desplazamiento que ocurre cuando alguien capaz de descubrir lo cómico en una persona advierte que tiene el poder de volver cómico a otro,  abre para un sujeto la posibilidad de una relación con la autoridad diferente de la completa sumisión. El poder de lo cómico pone en cuestión el poder absoluto del otro, lo recorta; impidió en algunos casos,  por ejemplo,  la degradación a desecho absoluto intentada por los nazis con sus víctimas, en especial, pero no solamente, con los judíos.

Más adelante Freud enumera los recursos que se utilizan para producir lo cómico: menciona entre otros la caricatura, la parodia, el desenmascaramiento, remarcando que son métodos de rebajamiento, dirigidos habitualmente a “personas y objetos que reclaman autoridad y son sublimes en algún sentido”

La relación con lo sublime es central en este apartado. Sus efectos se hacen sentir en el cuerpo: la voz cambia cuando se habla de lo sublime, y se puede apreciar cierto envaramiento,  rigidez (“compulsión de solemnidad” la llama Freud) tanto in effigie como in absentia. Los métodos de rebajamiento de lo sublime permiten descansar y ahorrar ese plus de gasto, por ejemplo cuando la caricatura extrae de lo global del objeto sublime un rasgo, lo aísla, y obtiene el efecto cómico extendiéndolo luego al todo. Con una condición, agrega Freud:

“(…) que la presencia de lo sublime mismo no nos mantenga en nuestra predisposición a venerarlo”

En su artículo “El acto y el humor” J.B. Ritvo reseña la historia del que llama concepto de sublimidad; refiriéndose a la obra sobre el tema del escritor irlandés E. Burke, anota:

“(…) Encuentra sublimidad en la potencia maligna, que decae, en la intermisión de un sonido o una voz que se desvanecen, en la magnificencia y profusión de tal carácter que el individuo, deslumbrado, no atina sino a quedar, literalmente estupefacto: su sublimidad pudiera muy bien traducirse en términos de Caillois, cuando habla del vértigo que nos arrebata la capacidad de decir no y nos somete a un poder que nos desborda[12]

El  último ejemplo de nuestro apartado anterior -el condenado a muerte que se mofa de sus verdugos- nos evoca, claro,  la historia con la  que  Freud comienza sus artículos en las dos oportunidades en que se refiere al humor (el reo a punto de ser ejecutado un lunes)[13]. Allí  resalta que el humor puede aparecer fusionado con el chiste u con alguna variedad de lo cómico. En este caso,  el contexto es similar, pero la interlocución con el compañero de infortunio nos revela  un ejemplo de esa fusión, o quizás podamos considerarlo como anudamiento de registros: se trata  aquí tanto de lo que Ritvo postula como el carácter de acto del  humor[14], como  lo que afirma Jorge Palant en “La respuesta cómica”:

 “(…) de los tres registros acotados por Freud en relación a la risa, el chiste, lo cómico y el humor, el segundo se revela muy apto para cuestionar la autoridad, en su anudamiento de sitio, imagen y función; lo cómico  ridiculiza, denigra, desenmascara, rebaja; su ejercicio hace vacilar la estatua de la autoridad (…)”[15]

El chiste requiere la chispa del significante, la actitud humorística suele recaer sobre la propia persona, en tanto defensa; el registro de lo cómico, en su despliegue imaginario,  permite, cuestionando la autoridad, que el sujeto  no se derrumbe frente al terror que esta puede engendrar.[16] 


[1] Baas, Bernard: “Le rire inextinguible des dieux”, Peeters Vrin; Leuven, 2001

[2] Ilíada, Ed. Gredos, Madrid, trad. García Gual, pág. 18

[3] Hefestos es el dios del fuego, pero es el único olímpico con un importante defecto físico: es cojo.  Las explicaciones míticas del origen de la cojera son contrapuestas: o bien fue arrojado del Olimpo por su padre Zeus, enojado por su defensa de la madre (Hera)  en una disputa, y la marca es producto de esa caída; o bien fue Hera misma, avergonzada por el defecto de nacimiento de su hijo, quien lo arrojó para ocultarlo a la vista de los otros dioses.  Su “revancha” de la escena relatada en la Ilíada aparece en el canto VIII de la Odisea: allí se cuenta que enterado de la infidelidad de su esposa Afrodita con Ares, el “cojo ilustre” fabrica una sutil pero poderosa red que los inmoviliza in fraganti, siendo ellos ahora los causantes de la inextinguible risa de los dioses. En ambos casos aparece el mismo adjetivo, “asbestos”.  

[4]  La crítica de Platón a la poesía es más amplia y compleja, excede los límites de este artículo.

[5] “Mi lucha” Libro escrito por Adolf Hitler.

[6] “(…) A todos los lager era común el término Muselmann –musulmán-  atribuido al prisionero irreversiblemente exhausto, extenuado, próximo a la muerte (…)” Primo Levi, Los hundidos y los salvados, Muchinik editores, España, 1989, pág. 42.

[7] Rire, Mèmoire, Shoah,  èditions de l`eclat, Paris, 2009

[8]  Por ejemplo, la militarización sistemática de la sociedad, afirma Rudolph Herzog en “Heil Hitler, el cerdo está muerto” (Capitán Swing, Madrid, 2014), implicó la creación de organizaciones que salían uniformar a los miembros de variadas profesiones y grupos de edad, con el consiguiente resultado de (…) “una confusión kafkiana de uniformes que inundaba las calles ya poco después de la subida al poder”. (pág. 62)

[9] Jefe de las SA (SA, Sturmabteilung, tropas de asalto), primer grupo armado nazi, conocido como “camisas pardas”, color que los distinguía de las SS, que utilizaban uniformes negros. Camarada de Hitler en los primeros años,  sus pretensiones políticas y militares eran consideradas peligrosas por la cúpula nazi hacia la época de su encarcelamiento y asesinato.

[10] Herzog, op. cit. pág. 172

[11] S. Freud, “El chiste y su relación con lo inconciente” Ed. Amorrortu, Buenos Aires, 1979. Los resaltados son nuestros.

[12] Ritvo, J.B., “El acto y el humor” en Conjetural 25, Ed. Sitio, Buenos Aires 1992, pág. 53. Los resaltados son nuestros.

[13] Breve digresión; nos parece interesante rescatar un párrafo de Ritvo del mencionado artículo: “Sabemos que los ejemplos, para Freud, no son fungibles ni prescindibles, ni siquiera puramente didácticos; ellos transmiten antes del concepto una experiencia compleja e irreductible, y luego de la elaboración de éste, siguen reverberando, evocando, y hasta diseñando nuevas direcciones”.

[14] “(…) El humor revela, como pocos, ese carácter del acto que, según Lacan, está afectado de una Verleugnung fundamental (…)” op. cit. pág. 57.

[15] Jorge Palant, La respuesta cómica, en Conjetural 21, Ed. Sitio, Buenos Aires, 1990

[16] B. Baas propone, casi como colofón de su libro, repensar las relaciones entre el chiste, lo cómico y el humor, a partir del anudamiento borromeo de Simbólico, Imaginario y Real.

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