Texto

La seducción en la lengua

por  Daniel Braun

                                “El mundo está lleno de retórica antigua”  R. Barthes

I. La aparición de la polis en el mundo griego, entre los siglos VIII y VII a.C., es un acontecimiento fundamental en la historia del pensamiento occidental; una de sus consecuencias más trascendentes fue la importancia que cobró la palabra sobre los demás instrumentos de poder. Los asuntos públicos en general, que en períodos previos eran decididos por una autoridad soberana, y especialmente los litigios entre los ciudadanos, comenzaron a quedar sometidos al veredicto de un público al que era necesario persuadir; nace así la τέχνη ρητορική (tékne retoriké): un sistema de conocimientos elaborados, no para transmitir información, sino para generar en el oyente πείθω (peitho), es decir, persuasión. Es decir, para lograr que ese oyente decida realizar una acción determinada, proponiéndole algo deseable, lo justo, “lo que se debe hacer”, lo admirable. Uno de los primeros tratados sistemáticos de retórica (el de Trasímaco, anterior al de Aristóteles) por ejemplo, enumeraba los recursos útiles para suscitar la compasión de los jueces ante el acusado y moverlos a perdonarlo.

De este poder de la palabra, que sedujo y escandalizó a toda Grecia, ya el pensamiento mítico había creado una divinidad, la diosa Peitho, parte del cortejo de Afrodita, caracterizada por los pensamientos sutiles y las palabras dulces. La persuasión está así relacionada con el amor, la belleza, la seducción. El verbo peitho, a partir de entonces íntimamente ligado a la retórica, tiene una interesante particularidad: cuando es utilizado en voz activa, se traduce por persuadir, seducir; pero cuando aparece en los textos clásicos en voz pasivamás precisamente en voz mediaademás de“dejarse persuadir”,otra acepción  frecuente esobedecer, someterse. El poder de la palabra, su capacidad de influir, de seducir, de generar obediencia o sometimiento, aparece de esta manera, plasmado en esa lengua.

II. Las obras de William Shakespeare fueron  objeto reiterado de la atención de Freud. Los personajes shakesperianos tienen un importante lugar en sus reflexiones y en la creación de la teoría. A lo largo de la obra freudiana vemos desfilar a Hamlet, al rey Lear, a Macbeth. En el apartado “Los de excepción”, que forma parte de “Varios tipos de carácter descubiertos en la labor analítica”, Freud se ocupa de Ricardo III. Esta obra pertenece a un grupo de dramas históricos que transcurren en la época de la Guerra de las Rosas, período de luchas internas de gran violencia. Freud examina el monólogo inicial; el protagonista dice que la Naturaleza ha cometido una grave injusticia con él: no lo ha dotado de una figura agradable, seductora, que le permita disfrutar de los placeres amorosos de los tiempos de paz. Por lo tanto, en su plan por hacerse del trono se considera con derecho a ir más allá de todo escrúpulo, a cometer toda clase de crímenes como compensación por la injusticia sufrida. Esta es, afirma Freud, la ampliación de una faceta universal: todos creemos tener motivos para estar descontentos con la Naturaleza y todos nos sentimos con derecho a una compensación adecuada por las cualidades que otros han recibido y nosotros no.

Hasta aquí, muy sintéticamente, el análisis de Freud; en la escena siguiente, Ricardo da comienzo a sus andanzas y decide seducir a Lady Anne, en el momento supuestamente menos propicio para concretar una idea tal: durante el cortejo fúnebre del suegro de la dama, que fue asesinado por… Ricardo (poco tiempo antes había ultimado también al esposo). En el monólogo inicial de la viuda se alternan lamentos y horribles maldiciones, que le desean el peor de los destinos al culpable de ambos asesinatos. Entra Ricardo y comienza el diálogo: él ordena violentamente a los sirvientes que se detengan, y ella lo llama diablo y ministro del infierno.

De inmediato,para dirigirse a ella, él cambia el tono de sus palabras: comienzan sus zalamerías, la trata de dulce, de santa, repite una y otra vez las alabanzas a su belleza y utiliza diferentes recursos para seducirla: mentiras, ironías. Ella mantiene el tono acre del monólogo inicial, pero gradualmente, comienza a utilizar en sus réplicas, los mismos términos que él, las mismas formas sintácticas.

Veamos algunos ejemplos:

Ricardo: Vouchsafe, divine perfection of a woman

Anne: Vouchsafe, diffused infection of a man

 (-Permite, divina perfección de mujer)

 (-Permite, difusa infección de hombre)

R.: Fairer than tongue can name thee (…)

A.: Fouler than heart can think thee

 (-Más bella que lo que una lengua puede nombrar)

 (-Más vil que lo que un corazón puede pensar)

(…)

R.: Never came poison from so sweet a place

A.: Never hung poison on a fouler toad

 (-Nunca salió veneno de un lugar tan dulce)

 (-Nunca cayó veneno sobre sapo más vil)[1]

Se desarrolla con esta modalidad gran parte del diálogo; sorprendentemente, la descabellada empresa de seducción se va concretando. Aunque la estocada final es una pantomima (Ricardo le ofrece su espada para que ella lo mate, o bien matarse él mismo por su amor), la partida se decide no solo por la insistencia en las alabanzas a su belleza o por la promesa de protección a esa mujer furiosa pero desvalida: a partir del momento en que ella se presta al diálogo, la estructura misma de la interlocución posibilita que Lady Anne, como cualquier otro hablantese coloque en posición de permitir que el interlocutor “infecte su oído”; en su elección de palabras, sus réplicas despliegan la equivocidad que este término encierra: “réplica” significa tanto “respuesta”, como “copia exacta de un original hecha por el mismo artista, o por uno de sus discípulos”. Se lee en el texto, por lo tanto, de qué manera Lady Anne, con la aparente pretensión de refutar a su interlocutor en sus mismos términos, va quedando tomada por el discurso de Ricardo, siendo seducida por él, y comenzando a someterse a sus designios.

El tramo final del diálogo es directamente un coqueteo: él le regala un anillo, que ella se coloca, diciendo:

A.: To take is not to give

         (Tomar no es dar).

De esta manera el movimiento renegatorio, que comenzó al intentar desconocer las consecuencias posibles de aceptar el diálogo, se completa pretendiendo ignorar el significado de colocarse un anillo regalado por quien la corteja: ha sucumbido al veneno de las palabras de Ricardo, a la seducción de sus palabras, a la tentación de obedecer.

El arte del poeta desnuda la lengua: ésta no pertenece a nadie, las palabras que usamos siempre vienen de otros. Pero a veces solo replicamos, otorgando así, a algunas palabras escuchadas, a algunos discursos, el poder de someternos.


[1] The Complete Works of William Shakespeare, Gramercy Books, 1975, USA. Versión en castellano propia, basada en las traducciones de Cristina Piña y Luis Astrana Marín.

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