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Mujeres en el círculo de Freud. Algunas reflexiones

Esta presentación es producto de la investigación realizada por la autora en el marco de una tarea llevada a cabo en el curso “El círculo de Freud”, dictado en el segundo semestre del año pasado en APDEBA. En el mismo se ha profundizado la lectura de aquellos hombres y mujeres que integraron “las reuniones de los miércoles” en la casa de Freud y que con el transcurso del tiempo han quedado muchas veces relegados al olvido, ya que en general no son materia de estudio en las carreras de grado de Psicología ni tampoco en posteriores cursos. Si bien pertenecen sus trabajos a la historia del Psicoanálisis entiendo que no dejan de resultar interesantes pues se remontan al amanecer de esta especialidad y que con frecuencia se hace alusión a temáticas desarrollados en ellos desconociendo la génesis de las mismas.

Escribir algunas reflexiones es la resultante del tránsito por ese espacio. Probablemente sea una oportunidad para recordar conceptos o ideas ya muy conocidas pero quizás sirvan para tener una mirada diferente porque son abordados desde un lugar no transitado habitualmente.

Se trata de visibilizar otros aportes, otras voces, que han surgido de quienes formaron parte de ese Círculo. Con ello también emerge un interrogante ¿quién abrevó en los conocimientos de quién? Los integrantes del Círculo en Freud? O viceversa?

En este trabajo me permito la licencia de acotar las tareas circunscribiéndome al grupo de mujeres que acompañaron a Freud con sus aportes invalorables acrecentando el bagaje teórico y clínico de lo que fue el surgimiento del psicoanálisis.

Si bien no escapa a nuestro conocimiento que se le adjudican numerosas críticas al maestro vienés por su concepción machista y falocéntrica de la especie humana, la historia y el conocimiento de quienes integraron su entorno serían suficientes elementos para echar por tierra esas concepciones que podrían ser producto de la ligereza de opinión o –en muchos casos- de la desinformación. En efecto, él ha dado cabida a varias mujeres, ayudándolas en su formación y –por qué no pensarlo- aprendiendo de ellas. Figuras como Lou Andreas Salomé, Marie Bonaparte, Sabina Spielrein, Ada Schott, Loë Kann y su propia hija, Anna Freud, merecieron el mayor de los respetos y consideración por su parte.

Iré más allá con la limitación impuesta a fin de no desgastar la atención de la audiencia y tomaré algunos aspectos de la figura de Marie Bonaparte, acreedora de insoslayables aportes en la cuestión de la sexualidad femenina y de la sexualidad, en general.

Impulsada por su propio conflicto sexual: la frigidez en sus relaciones sexuales, se sumerge en la ardua, novedosa y osada tarea para la época en que le tocó vivir (principios del Siglo XX) de estudiar a fondo a la mujer, no sólo desde lo psíquico sino también desde lo anatómico y lo fisiológico.

Pionera en realizar encuestas a más de doscientas mujeres, de diversa extracción social con el objeto de indagar acerca de sus características orgánicas y sexuales, se atreve a plasmar por escrito sus propias experiencias en este terreno y relata pormenorizadamente sus fantasías sexuales en el transcurso del psicoanálisis con Freud.

Se atreve a lo que ningún integrante masculino del mentado Círculo hizo: desnudar su análisis, exponerlo, desembozando fobias, recuerdos encubridores, Edipo, culpa, síntoma, endogamia, muerte, entre otros conceptos angulares de la teoría psicoanalítica.

Valga como ejemplo de lo antedicho su interesante publicación en la Revista Francesa de Psicoanálisis, bajo el título “Identificación de una hija con su madre muerta”, que data de 1927, donde condensa con magistral pluma los episodios de su vida psíquica entre los 4 y los 22 años.

No pasará desapercibido y tampoco sería capaz de considerar producto del azar que casi en forma coetánea y  por algunos años después Freud publique sus trabajos (1925-1933) sobre esta materia: “Algunas consecuencias psíquicas de la diferencia anatómica entre los sexos”  (1925); “Sobre la sexualidad femenina” (1931) y la “33° Conferencia: La feminidad” (1933). Cabe recordar que en esta última alude a la significación biológica y social de “lo femenino” partiendo de una concepción vigente en ese momento respecto de considerar la pasividad como un carácter netamente femenino y la actividad esencialmente masculina. Concluye en un importante giro argumental en el sentido de considerar que actividad y pasividad no son patrimonio exclusivo de lo masculino y lo femenino, respectivamente sino que es dable hallar actividad en lo femenino y pasividad en lo masculino y que esos conceptos devienen tales dependiendo de las fantasías subyacentes en los individuos, pudiendo habitarlas tanto a hombres como a mujeres.

También en ese mismo trabajo refiere a la doble mutación en la niña en la tramitación del Complejo de Edipo: en primer término de carácter objetal: pasar de la madre como primer objeto de amor, al padre y en segundo lugar reasignación del clítoris como zona genital rectora para centrarla en la vagina.

En el trabajo citado precedentemente, Marie Bonaparte relata con un tono claro, imbuido de una profunda poesía y en forma pormenorizada su tránsito por el citado Complejo, sus alucinaciones respecto de la visión del ave zancuda iridiscente, el mito de Anubis, el dios egipcio custodio de las momias, el cuento “Ligeia” de Edgar Allan Poe, en el que el autor relata el carácter vengador de un esqueleto femenino, entre otros que encubrían –a su entender- el deseo profundo de ocupar junto a su padre el lugar de su madre muerta al mes de su nacimiento. Su identificación llega a tal extremo que durante muchos años, no obstante las desmentidas de médicos y especialistas se encuentra plenamente convencida –y así lo expresan sus síntomas- de hallarse enferma de tuberculosis, igual que su madre, como castigo por su pretensión de ser la mujer de su padre.

Finalmente, a los 23 años, superados los 22 –edad en que falleciera su madre-, abandona a su padre como objeto de sus fantasías sexuales, dando paso a la búsqueda de una pareja exogámica, esto es, Marie entiende que debía asumir una posición femenina, optando por esa vía de salida edípica.

Sin embargo, ese camino no parece haberla colmado sexualmente pues acude a Freud por su problema de frigidez que ella encuentra como causal anatómica y a raíz de sus investigaciones en la distancia excesiva entre el clítoris y la vagina. Es por eso que aún contra la enconada oposición de su maestro, se somete a varias intervenciones quirúrgicas con el objeto de acortar esa distancia. Me pregunto: Representaría ésto  -tal vez- el inconfesable deseo de “penelizar”  (hoy diríamos falicizar?) el clítoris, haciendo real el “tener”? Habría en las constantes conquistas y aventuras amorosas de Marie un rasgo de “exitosa masculinidad” acorde a la concepción machista de la época? Implicaría todo ello pasar de la  otrora vigente teoría de la femenina-pasividad a la masculina-actividad? Hablaría todo ello del rechazo de esta mujer a su “falta en ser”?

Es bien sabido que para el psicoanálisis la dotación biológica de un individuo no es un punto de llegada sino de partida pues lo que sí merece la atención es qué destino se le da a esto. ¿Se podría pensar que la frigidez de Marie sería la resultante de un “inconsciente deseo de masculinidad” habiendo quedado fuertemente ligada a aquella madre muerta al mes de nacer? Emulando a su antepasado, Napoleón Bonaparte, su pretensión de conquistas, control –mediante su poder económico- y manejo del mundo que la rodeaba daría lugar a pensar que la Princesa (su cónyuge era el Príncipe de Grecia) aspiraba a esa “actividad” tan propia de los hombres de su época.

Son muchas las preguntas que dan lugar al análisis más profundo de esta mujer que dijo: “Si alguien escribe alguna vez mi vida, que la titule “La última Bonaparte”, porque lo soy. Mis primos de la rama imperial, tan sólo son Napoleón” (Octubre 1951)-Dejo abiertos los interrogantes…

Marie formula una interesante teoría sobre las leyes de la libido, destacando tres de ellas: 1.- objetal: en un primer tiempo la libido se vuelca sobre el padre con una actitud pasiva; 2.-pulsional: permite la entrada a la femineidad. Abandonando la fantasía sádica por la masoquista (sus operaciones serían la cristalización de ésta?) y 3.- ley zonal: equipara clítoris a vagina. Nótese que los conceptos vertidos, coinciden en algunos aspectos con las investigaciones freudianas.

Freud acompañó a Marie durante todo su trabajo, valorándola y apreciándola como una de las primeras investigadoras en la cuestión de la sexualidad.

El análisis con la que fuera su querida Princesa se desarrolló en diferentes fases, entre 1925 y 1938, amén de integrar su Círculo de discípulos, tiempo durante el que Freud desplegara todo su genio clínico.

No hay que olvidar que Marie rescata la mayor parte de la obra freudiana junto a Anna y James Stratchey su traductor al inglés. Es precisamente ella quien financia el viaje del maestro  y su familia a Londres al exiliarse de la persecución nazi en Austria.

Al decir de Elisabeth Roudinesco: “Si Lou Andreas Salomé fue para Freud la encarnación de la inteligencia, la belleza y la libertad –algo así como La Mujer, a la par sublime y carnal-Marie Bonaparte fue también la hija, la alumna, la discípula, la admiradora y su rendida embajadora.”

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