Ana Staw. Trabajo presentado en la Jornada 2026.
La propuesta de hoy es trabajar algo que, aunque todos los días aparece en la clínica, nunca termina de ser un concepto del todo domesticable: el goce. Quizás justamente por eso vale la pena hablar de él. Porque el goce, cada vez que queremos apresarlo en una definición precisa, se nos escapa.
Freud ya advertía que cuando intentamos distinguir entre placer, displacer o satisfacción, las palabras se vuelven borrosas. Lacan, en otro movimiento, sitúa el goce como una satisfacción paradójica, algo que no se confunde con el placer, sino que incluso puede acompañarse de dolor, de exceso o de cierto empuje mortífero.
En la clínica lo vemos cada vez que un analizante describe cómo vuelve a caer en un modo de satisfacción que no quiere, que lo hace sufrir, pero al que retorna como si una fuerza más allá de su voluntad lo arrastrara, porque sabemos que no es del orden de la voluntad precisamente. Allí está el goce. Allí donde el sujeto dice “no sé por qué lo hago”. Allí donde insiste lo que no cambia fácilmente. (Esto no deja de articularse con las pulsiones y la modalidad pulsional, activa, pasiva y reflexiva)
Por eso, más que definirlo, hoy me interesa conversar sobre cómo trabajamos con el goce en la dirección de la cura. Qué significa eso que entre colegas solemos escuchar: “hay que acotar el goce”. Qué hacemos realmente cuando intentamos producir un borde, una reducción o una reorganización de la economía de satisfacción de un sujeto. ¿Acaso es acotar o intentar redistribuir esa economía de un modo diferente?
Para avanzar sin perdernos, es útil recordar el recurso de Lacan: el nudo borromeo. Allí ubica los distintos tipos de goce, cada uno anclado en un modo particular de articulación entre lo Real, lo Simbólico y lo Imaginario. En este marco, el goce no se presenta como una entidad homogénea, sino como una pluralidad de modalidades, cada una anclada en una forma específica de anudamiento.
En La tercera (1974), Lacan distingue al menos cuatro modalidades de goce que resultan clínicamente operativas, subrayando que el goce no constituye una sustancia unitaria sino una pluralidad articulada según los registros. Son LOS goces.
El goce del Otro (entre I y R) es ilimitado, no pasa por el significante, no reconoce freno. Es un goce mítico, y en la clínica se nos presenta de manera descarnada en la psicosis: voces imperativas, fenómenos elementales, invasiones corporales. Allí vemos qué significa un goce sin regulación simbólica. Es un goce sin medida.
El goce fálico (entre S y R), en cambio, introduce un borde. Es el goce que aparece cuando el lenguaje opera un recorte sobre el cuerpo. Lacan afirma que este goce es el único que puede ser dicho, contado y localizado, precisamente porque está sometido a la ley del lenguaje: “el goce fálico es el goce que se puede decir” (Seminario XX). Es el goce que estructura la neurosis y que permite una cierta regulación de la satisfacción, aun cuando esa regulación no esté exenta de sufrimiento. Se apoya en la función del falo, que no es un órgano sino una lógica: la lógica de la castración. Es un goce relativamente ordenado, limitado, que permite cierta regulación.
El goce de sentido —ese que se ubica entre lo simbólico y lo imaginario— es el que inunda la vida de explicaciones, de justificaciones, de relatos que intentan taponar la falta. A veces es el analista quien debe intervenir para vaciar el exceso de sentido, pegado a un plus de goce. Como advierte Lacan, “el sentido es lo que hace gozar” (Seminario XX), lo cual vuelve necesario operar sobre esa saturación significante.
Y finalmente, el goce suplementario, el que “no hace falta que haya”, el que no está exigido por la estructura. Es un goce ligado a la castración y que puede aparecer en la creación, la invención, la poesía, el arte. Es un goce que no tapona, que no cierra, sino que habilita. También llamado goce de la vida. (En el nudo de la tercera lo ubica en el lugar del goce del A… ¿?)
Pensar la clínica orientados por esta cartografía nos permite intervenir con más precisión, saber qué tipo de goce domina la escena y qué tipo de intervención puede producir desplazamientos.
Hay una idea del Seminario 20 que me parece especialmente útil para la clínica cotidiana. Lacan propone pensar el goce como usufructo. El usufructo es el derecho a usar algo que no es propio, bajo la condición de respetar ciertas limitaciones.
Si trasladamos esto al campo del sujeto, el goce nunca es completamente del sujeto ni completamente del Otro. Hay una pérdida estructural en ambos lugares. El sujeto hace uso de un bien que no le pertenece del todo y el Otro cede algo que tampoco domina del todo. Así se arma un juego de recortes, pérdidas y retornos.
Pensado así, el goce siempre supone un recorte, nunca es pleno. Y este recorte lo liga al deseo, al amor y a la ficción inevitable de recuperar un objeto que nunca estuvo ahí. Este concepto vuelve más operativa la clínica porque nos permite ver que el goce, incluso cuando desborda, está siempre enmarcado por un límite, aunque sea tenue, y que mucho del trabajo analítico consiste en trabajar ese borde.
Lacan insiste en que el goce no es un dato natural del cuerpo, sino un efecto del lenguaje. El cuerpo no es el organismo, se constituye como tal en tanto es marcado por el significante, y el goce emerge como efecto de esa marca. “No hay goce más que del cuerpo”, afirma Lacan (Seminario XX), subrayando que dicho cuerpo es siempre un cuerpo tomado en el lenguaje, y no un organismo previo a la palabra. El lenguaje es la condición necesaria para que un organismo acceda a la especie humana. ¿Gozan las plantas? ¿Cómo se introduce en el cuerpo una manera de gozar? No dejamos de asociar con estos interrogantes la noción de pulsión y la frase “las pulsiones son el eco en el cuerpo del hecho de que hay un decir”
Diagnóstico analítico: leer el modo de goce singular
Aquí entra en juego la idea que el psicoanálisis no diagnostica trastornos, diagnostica modos de goce. El diagnóstico analítico se construye escuchando lo que se repite, lo que insiste, lo que organiza la economía de satisfacción de un sujeto. No se trata de clasificar sino de leer el estilo, la modalidad de goce singular.
Esto tiene consecuencias clínicas muy concretas: permite orientar la intervención, evitar o no derivaciones y, en instituciones, optimizar recursos sin perder la singularidad. La formación del analista es crucial para que estos efectos no se pierdan en abordajes estandarizados que borran al sujeto. Lacan subraya que “lo que se repite es siempre del orden del goce” (Seminario XI). Se trata de aislar un estilo, una modalidad singular de goce.
Para localizar el objeto implicado en la modalidad de goce de un sujeto, es indispensable atravesar las vueltas del decir, sin hablar no hay goce, (goce de las plantas) no podrá saberse nada de esto. Solo a partir de ese recorrido puede delimitarse qué es lo posible y qué lo imposible para cada quien. En este punto, el final de análisis puede formularse como una conclusión subjetiva respecto de los límites propios, sin que ello implique una renuncia a la potencia singular. Como señala Lacan, el análisis no conduce a la adecuación, sino a una posición ética respecto del propio deseo.
Si es esperable del psicoanálisis como modificación en la economía de goce del sujeto, eso solo podrá hacerse en tanto el analizante tenga algo que decir. Allí el acto del analista encuentra su razón en toda la plenitud del término (sin restringirlo a un tipo de intervención privilegiada): ya sea una puntuación afortunada, un chiste, una interpretación que cabalga entre cita y enigma, echando mano siempre al “equívoco fundamental” de lo simbólico, así como el corte que tiene el valor de una intervención y, por qué no también un silencio preciso.
La intervención analítica y el recorte del goce. ¿Recorte, redistribución o ambas cuestiones?
Desde esta orientación, la intervención analítica no busca interpretar el goce en un sentido explicativo, dado que, como señala Lacan, “el goce no se interpreta, se recorta” (Seminario XX). El goce no se descifra, se localiza. Puntuaciones, escansiones, silencios, equívocos e interpretaciones alusivas son modos de intervención que apuntan a producir un recorte, un borde alrededor del goce. Lacan subraya que incluso la suspensión de la sesión puede operar como una intervención plena, en tanto introduce un corte que afecta la economía de goce: “la escansión tiene todo el valor de una intervención” (Escritos).
El goce no se elimina, no se moraliza.
Cuando se produce este recorte, puede emerger otra modalidad de goce, menos mortificante, más compatible con el deseo y con la invención singular. Al hablar de recorte ¿no se trata también de una distribución?
Nos permitimos pensar en una economía del goce, donde la producción de una pérdida está ligada a la castración. Lacan nos habla en el seminario Aún del goce de la castración. La idea de ese goce que hace falta que no haya, de ese llanto indescriptible de un hincha de futbol, de ese goce que va más allá del goce fantasmático que se articula con responder a la supuesta demanda del Otro, que excede el goce fálico articulado con el fantasma. Que se encuentre otra satisfacción en aquello que sólo se sufría.
En este sentido, la noción de goce compromete una posición ética: según cómo se conciba el goce, se orienta también la práctica del psicoanálisis en el malestar en la cultura.-
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Referencias
Lacan, J. (1953-1954). El Seminario, Libro 1: Los escritos técnicos de Freud. Buenos Aires: Paidós.
Lacan, J. (1964). El Seminario, Libro 11: Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis. Buenos Aires: Paidós.
Lacan, J. (1969-1970). El Seminario, Libro 17: El reverso del psicoanálisis. Buenos Aires: Paidós.
Lacan, J. (1972-1973). El Seminario, Libro 20: Aún (Encore). Buenos Aires: Paidós.
Lacan, J. (1974). La tercera. Intervención en el Congreso de la École Freudienne de Paris.
Lacan, J. (1966). Escritos. Buenos Aires: Siglo XXI.
Freud, S. (1920). Más allá del principio del placer. Obras Completas, Vol. XVIII. Buenos Aires: Amorrortu.
Braunstein Néstor. (2006) El goce, un concepto lacaniano. Buenos Aires: Siglo XXI.
Rabinovich Norberto. (2007) Lágrimas de lo real: un estudio sobre el goce. Rosario: Homo Sapiens.