¿Es el analista un clínico?

Martín Lanci. Trabajo presentado en la Jornada 2026.

¿Es el analista un clínico?[1]

Esta pregunta concisa condensa una serie de problemas que me interesa poner sobre la mesa. Aclaro que le robé a Guy Le Gaufey el título de un conocido artículo suyo, pero yo voy a tomar un sesgo distinto.

Voy a empezar contándoles una infidencia. Cuando Lila tuvo la generosidad de invitarme a participar de estas jornadas, me dijo, si mi memoria no me falla, algo así: “a la Jornada la llamamos clínica porque me parece un título lo suficientemente amplio como para que cada uno hable un poco de lo que quiera: todo es clínico”.

Esta última afirmación, en la que me pareció escuchar una cierta ironía por parte de Lila, es la que me dejó pensando, y la que me suscitó la pregunta que hoy quería compartir con ustedes. Entonces: ¿Es que todo lo que un analista pueda decir de su práctica ha de considerarse “clínico”? ¿A qué le llamamos los psicoanalistas “clínica”?

Empecé por una infidencia. Ahora paso a una confidencia: les confieso que cada vez que un analista habla en nombre de “la clínica” (esto es algo muy personal), me suele dar como una especie de urticaria, me produce una cierta incomodidad, como si se tratara de una palabrita que no tuviera mucho que ver con lo que un analista hace, con su acto. En fin: como es un término que me incomoda, y como supongo que esa incomodidad ha de tener sus razones, querría ver si puedo dar cuenta de algunas de esas razones.

Voy a evocar algunas cuestiones que podrían pasar por meramente anecdóticas, pero que sin embargo nos acercan al meollo del problema al que apunto. Vieron que se suele decir, de tal o cual cosa, cuando se supone que tiene mucho que ver con lo que pasa en un análisis, que “es muy clínico”. Así como también es muy habitual, en los espacios de docencia, encontrarse con alumnos que piden y agradecen al profesor al que se dirigen que “le baje la teoría a la clínica” o “a la práctica” (ahí clínica es sinónimo de práctica), como si la teoría flotara elevadamente por los cielos, y la clínica fuera cosa de estar en el llano, en tierra firme. Pienso que, tal vez, no esté tan mal que la teoría flote, no por elevada, sino para que no sea ni tan pesada, ni tan solemne. Que no sea un yunque. De hecho, Lacan así lo recomendaba. Supo decir, alguna vez, que convenía que la teoría analítica fuera más bien ligera, liviana, “tener el aspecto de quien no quiere la cosa; la naturalidad que, hasta hoy, solo tienen los errores”. Agregando, además, que “la buena teoría es aquella que despeja el camino mismo en que el inconsciente estaba reducido a insistir”.

Entonces, podríamos decir que, si hay una clínica analítica (o al menos una), ésta no puede más que apuntar al modo en que concebimos y practicamos la relación entre práctica (una práctica que concierne al inconsciente) y teoría. Asumo que todos uds deben conocer, es un pasaje muy citado, aquella célebre afirmación de Lacan de que “es indispensable que el analista sea al menos dos: el analista para tener efectos, y el analista que, a esos efectos, los teoriza”. Si tomamos esta afirmación como referencia: ¿dónde estaría ahí el clínico?  ¿Sería el primero o el segundo?

Por lo que he leído, la mayoría de nuestros colegas suele vincular al analista que teoriza sus efectos como analista (sería el dos), con el clínico. Si por un momento condescendemos a esa equiparación, ¿no habría que preguntarse qué clínico sería ese analista? ¿Es un clínico en el sentido del psiquiatra, que busca tipificar lo que su “ojo de buen cubero” observa? Y si así fuera: ¿Qué quedaría del analista que tiene efectos, en el analista-clínico que a esos efectos los teoriza? ¿Que sean dos significa que son distintos? ¿Podría no haber marcas de la experiencia del análisis en la teoría? Y si así fuera: ¿qué teoría sería esa? ¿No se transformaría en algo demasiado pesado como para “despejar el camino en que el inconsciente estaba reducido a insistir”? ¿Es que la teoría analítica es una cosmovisión?

Tratemos de exorcizar un poquito el término “clínica” de sus ínfulas cientificistas, diciendo lo que, a mi gusto, la clínica psicoanalítica, si es que hubiera una, no ha de ser. Vuelvo entonces a otra de esas situaciones en apariencia anecdóticas, que seguramente han de conocer, para situar un problema que nos permita avanzar en esa dirección. Es cosa de todos los días, lo habrán escuchado, que muchos colegas difundan y promocionen todo tipo de “clínicas” en redes, seminarios, congresos, mesas redondas, cárteles, y lo que a ustedes se les ocurra. Enumero sólo algunas, pero la lista podría ser innumerable, y podría actualizarse de acuerdo a la conveniencia de moda, o a la moda de conveniencia, de la escuela de la que se trate (porque, efectivamente, suele tratarse de una práctica de escuela), lo cual se suele ajustar a lo que las leyes del mercado dictan. Tenemos entonces: la “clínica del goce” (para los que gozan del goce), la “clínica del fantasma” (ahí la cosa se pone más escabrosa), la “clínica de los nudos” (a esta se suelen anotar los que se fascinan con el tristemente llamado “último Lacan”), la “clínica de la angustia”, la “clínica de lo real” (ahí está la posta)…y así podríamos seguir ad infinitum. Como ven, se puede hacer clínica de lo que queramos, a gusto del consumidor.

Uno de los problemas que encuentro en este tipo de formulaciones es que lo que es puesto a continuación de “clínica de…” (el objeto) se propone como algo capturable (Begriff) y, por lo tanto, es tomado en términos instrumentales, positivos y directos. Habría entonces dentro del campo del psicoanálisis, al menos así lo escucho en esas “propuestas”, diversas prácticas clínicas, cada una de las cuales tendría su objeto particular y especializante, que la distinguiría de las otras. Y entonces el analista pasaría a ser un especialista en ese asunto, en tanto que habla como un especialista. Como si se tratara de un neurocirujano o un cardiólogo, que enseñan respecto de lo que es su objeto de estudio. Los especialistas se multiplican en nuestro campo (gozólogos, nudólogos, angustiólogos, etc). Hay, como les decía, clínicos para todos los gustos. Y lo menos que podemos decir es que, por esa vía, estamos en un desconcierto total. Hoy les propongo entonces que hagamos juntos esa clínica: la “clínica del desconcierto total”. ¡¿Qué les parece?!

Bueno. Más allá de estas ironías jocosas, lo que uno puede escuchar cuando un analista se posiciona como “clínico especialista” es la persistencia de lo que Lacan llamaba, en la “Cuestión preliminar…”, las bancas de la escuela, esas que mantienen al que se presenta como “clínico” (el psiquiatra) al resguardo de la presencia del loco. En este caso, al resguardo del sujeto del inconsciente. ¿Por qué digo esto? Porque lo que allí tenemos es el clásico modelo del sujeto del conocimiento: (el clínico) que conoce a su objeto (el enfermo), modelo que, se supone, Freud subvirtió con el descubrimiento del inconsciente.

Cuando las cosas se juegan de esa manera, ya no quedan ni rastros de aquella ignorancia advertida que, para Lacan, hacía a la posición del analista: la “docta ignorancia”. De lo que se trata ahora es de una ignorancia más bien apasionada, que pasa por docta. Una ostentación de saber que ignora el descubrimiento freudiano y la experiencia del análisis. Allí lo que tenemos es el reverso de la posición del analista: me refiero a la posición profesoral, la que, lejos de poner en cuestión al sujeto supuesto saber, dice Lacan, lo representa. Ya no se trata, entonces, del que sabe ignorar lo que sabe, sino del que cree –y quiere hacer creer- que sabe lo que ignora. Un océano de falsa ciencia, podríamos decir. Una de las formas que puede tomar el horror al acto que nos acecha a los analistas.

Esto me parece muy importante, porque lo que estoy tratando de interrogar concierne a la relación del analista con el saber, una posición que Freud primero, y Lacan después, trataron de situar de diferentes modos; modos todos que convergen hacia una pregunta fundamental: ¿Cuáles son las formas del saber que tienen lugar en un análisis, y qué lugar ocupan en esa experiencia?

Tenemos, por un lado, el sujeto supuesto saber, eje de la transferencia, y supuesto también, ese sería el horizonte del acto, caer. Pero también tenemos al inconsciente, que es el eje del descubrimiento freudiano. Y si el inconsciente es un saber no sabido (tal la fórmula freudiana), sorpresivo y fragmentario que, cuando se manifiesta, le da paso, de manera evanescente y entre líneas, a la verdad -paso significante, claro, en el que se constituye el sujeto en tanto que dividido-; y si ese es, fundamentalmente, nuestro sujet (nuestro asunto), ¿cuál es la relación al saber que sería esperable que un analista pudiera preservar para sostener el modo de la escucha que, contingentemente, podría dar lugar al sujeto por advenir? ¿Es ese saber un saber clínico, en el sentido médico del término? ¿Lo que sostiene al y el analista en su acto es un saber clínico?

Otro problema. He notado que, muchas veces, la palabra “clínica”, en los diálogos que sostenemos los analistas (si es que sostenemos diálogo alguno), suele sustituir de manera encubierta la apelación al “sujeto”. Ocupa su lugar, desalojándolo. Creo que esa sustitución no es un mero matiz terminológico, sino que con ella se pasa, otra vez, del discurso analítico al discurso universitario. “Se empieza cediendo en la palabra, y se termina cediendo en la cosa misma”, decía muy sabiamente Freud.

Evoco dos ejemplos de esto que les digo:

1) Vieron que las estructuras de las que habla Lacan, que son además las que lee en Freud, las llama “subjetivas”. Se trata para él de interrogarse, así al menos lo leo yo, respecto de la relación del sujeto al significante que lo determina como tal, con sus efectos correlativos en el campo del deseo, del goce y, por lo tanto, del cuerpo. Interrogación que tiene lugar siempre en un campo muy particular, que es el campo transferencial, del que el analista forma parte. Es decir, el analista está concernido en aquello mismo de lo que se ocupa: el sujeto. Forma parte del concepto de inconsciente, decía Lacan.

Pero entonces, ¿cómo es que llegamos a concebir a esas estructuras subjetivas como “clínicas”, adjudicando ese decir además a Lacan? ¿No nos damos cuenta de que poner la clínica en el lugar del sujeto nos lleva a ese deslizamiento fatal del que hablábamos antes? ¿A la clínica que es anterior al discurso analítico[2]?

2) Otra fórmula tristemente célebre, y correlativa de la anterior, es hablar de “consecuencias clínicas”. Por ejemplo: se dice que las psicosis responden a la forclusión del Nombre del Padre. Hasta ahí vamos. El problema es cuando esa afirmación, que se trata de una conjetura que Lacan va trabajosamente construyendo, entre otras cosas, leyendo de una manera muy singular a Freud, pasa a tomar el lugar de una hipótesis psicopatológica causal y determinista que, a partir de ahí, da cuenta de manera clara y distinta de lo que se sigue de ella que, por lo general, es siempre del orden déficit y que queda enunciativamente ubicado en términos de signos, de semiología (en relación a ese punto, el texto de Le Gaufey, de cuyo título me he apropiado, aporta algunas cosas): ausencia de significación fálica, pauperización del deseo, imposibilidad de transferencia, fuera de discurso, goce ilimitado, etc.

No sé si llega a notar la operación que silenciosamente interviene allí: la forclusión del Nombre del Padre deja de ser un tiempo conjetural, así como lo es la represión para Freud (construible como hipótesis sólo a partir de lo que de ella retorna), y pasa a ser concebido como un mecanismo que está en el origen del sujeto (y digo origen porque se trata de una perspectiva psicogenética), mecanismo que produce ciertas consecuencias “clínicas” que vienen después, y que se siguen de él. Así, una vez más, la “clínica” que se practica inadvertidamente, y con copiosa jerga lacaniana no deja de ser, otra vez, psiquiátrica.

¿Por qué? Porque no es en absoluto distinto de lo que hace Bleuler cuando define al desdoblamiento de las funciones psíquicas como fuente y origen de la esquizofrenia. De modo tal que de esa hipótesis psicopatológica se desprenden los síntomas fundamentales de la enfermedad, las “consecuencias clínicas”: la ambivalencia, el autismo, los trastornos asociativos, etc. Casi como si dijéramos: ¿cuáles son las consecuencias clínicas de que la bacteria Treponema Pallidum penetre las mucosas? Respuesta: los síntomas y las distintas fases de evolución de la Sífilis. Como ven, lo que cambia es el enunciado, pero la posición enunciativa es la misma. Estamos allí en el reino del método clínico, y entonces la práctica que desde ahí se concibe podría ubicarse como una especialidad más de la medicina. Discurso universitario, donde lo que domina es el saber. Lo cual está muy bien para el discurso médico, pero se supone que el discurso analítico debería ser otra cosa.

Una curiosidad como notita al pie: no he escuchado jamás que los analistas hablen de las consecuencias clínicas de la represión. Con lo cual vemos que, cuando se lee al síntoma psicótico en esos términos, incide allí también la tendencia a postular al sujeto de la psicosis en relación con un modelo de lo normal que sería el sujeto de la neurosis, el que sí puede establecer transferencia, que sí está dentro del discurso, que desea ricamente, que tiene la suerte de poder limitar el goce, etc. Así, el término “clínica” encubre también aquí una cierta impotencia para pensar al sujeto de la psicosis por fuera de “las bancas de la escuela”, es decir, de acuerdo a la subversión del sujeto introducida por Freud.

Por el contrario, me parece a mí que las consecuencias legibles como tales de y en un análisis no son “clínicas”, sino significantes. Son con-secuencias, secuencias que siguen a esos momentos contingentes y sorpresivos de un análisis en los que se manifiesta el inconsciente y que, cuando se leen como tales, nos indican a posteriori, con retardo y de manera conjetural, que allí se habrá dicho algo a partir de lo cual las cosas ya no pueden ser como antes.

Situación paradojal del analista: aquel que sostiene el acto es el que no hace de él “profesión”. El acto analítico no se sostiene de ningún saber clínico, sino de haber hecho, análisis mediante, la experiencia del inconsciente, que es la experiencia de la castración. Lo que habilitaría, cosa nunca del todo segura y a poner a prueba cada vez, a aquel que se ofrece como y es tomado por analista a ocupar la posición de objeto que causa el trabajo analizante.

Les propongo ahora, como para ir concluyendo, que pasemos a lo que la clínica psicoanalítica, si es que hubiera una, tal vez sí sería. Podemos tomar brevemente como referencia algunas afirmaciones que propone Lacan en un texto que está subido a la página de la Fundación: Apertura de la sección clínica:

1- “La clínica tiene una base: es lo que se dice en un psicoanálisis”.

 Ok, pero que la base de la clínica sea lo que se dice en un análisis tal vez no implique, necesariamente, que todo lo que se diga en un análisis sea “clínico”. Arriesgo, como al pasar, una definición precaria de lo que para mí podría ser algo “de corte clínico” en psicoanálisis: todo decir que esté tocado, que esté afectado por el efecto-sujeto y, por lo tanto, mordido por el decir de Freud.

Tengo por convicción, además, que el modo en que un analista lee y toma la palabra con sus “algunos otros” no es ajeno al modo en que le da o no lugar a su acto, es decir, al modo en que escucha como analista. En ese sentido, preparar un Ateneo o una supervisión, aun cuando se busque recoger todo lo que se dice en un análisis (y, sobre todo, cuando las cosas se juegan de esa manera) no es necesariamente una práctica más “clínica” que la de comentar un texto que, a priori, pareciera no tener nada que ver con el psicoanálisis. Porque lo que se trasmite de la experiencia analítica pasa, fundamentalmente, por la posición enunciativa. Parafraseando a Lacan: por un decir, más que por una teoría, que “despeje el camino mismo en que el inconsciente estaba reducido a insistir”.

2- “La clínica psicoanalítica consiste en re interrogar todo lo que Freud dijo”.

Es decir, consiste en el retorno a Freud, inaugurado por Lacan, como política de lectura. Pero esa re-interrogación de lo que Freud dijo, eso es lo que nos enseñó Lacan, es un movimiento inherente a su decir. Así es como Freud va construyendo sus ficciones teóricas, cuestionando muchas veces lo que él había dicho, a veces dando marcha atrás, o volviendo al mismo problema desde otro punto de vista; y muchas veces encontrándose sorpresivamente con algo que no esperábamos (por ejemplo, el hallazgo de la transferencia), con aquello que Lacan ubica en este texto como “azaroso”. Tal es la marca, que sería esperable re-encontrar en la teoría, de esa instancia que Freud descubre, aun no comprendida, y que importa en lo real: el inconsciente.

3- “La clínica psicoanalítica debe consistir no sólo en interrogar el análisis, sino en interrogar a los analistas, a fin de que den cuenta de aquello que su práctica tiene de azarosa, que justifique a Freud haber existido. Debe ayudarnos a “relativar” la experiencia freudiana…Hace falta darse cuenta de que el psicoanálisis no es una ciencia, no es una ciencia exacta”.

Y como el psicoanálisis no es una ciencia y, mucho menos, exacta, tendríamos que tener muy presente que no habrá jamás relación causal posible entre todo lo que creemos saber del inconsciente freudiano (lo que podríamos ubicar bajo la engañosa rúbrica de “saber clínico”) y esos momentos no del todo azarosos en los que, en un análisis, el inconsciente se manifiesta. Por ejemplo: nada de lo que Freud podía haber sabido respecto del inconsciente lo había preparado para recibir, de boca de Dora, la revelación de que su padre era “ein unvermögender Mann”: un hombre sin recursos…impotente, y que esa impotencia del padre estaba figurada en su síntoma de la tos. Ni Freud lo sabía antes, ni la misma Dora sabía…que lo sabía. Entonces, cuando Freud nos cuenta el alcance que ese fallido tuvo en ese análisis, ¿no hace clínica? Tanto como cuando nos cuenta que no llegó a escuchar a tiempo que la corriente libidinosa más importante para Dora era la que tomaba como objeto de amor a la Sra K, y que tal vez no haber escuchado a tiempo eso que le fue dicho pudo haber tenido su parte en la interrupción del tratamiento. Es decir, el analista en el banquillo, poniéndose en cuestión como tal, interrogándose por su práctica e interrogando lo que su práctica tiene de azarosa. ¿Ustedes escucharon alguna vez, cuando un analista toma la palabra (en Ateneos, cuando se arman esas soporíferas “viñetas clínicas”, o donde sea), que se ponga en cuestión como tal de esa manera[3]?

Entonces, para concluir, tendríamos que decir que aquella célebre afirmación de Lacan de la que partimos (la de que el analista es al menos dos) es tal vez verdadera, pero insuficiente. Quizás, a partir de lo que planteábamos antes, podamos decir algo más. Voy a proponer que el analista es al menos tres…para no decir que ha de ser cuatro: el que tiene efectos, el que a esos efectos los teoriza (hasta ahí la afirmación de Lacan). Pero también y, sobre todo, es el que sostiene la tensión irreductible entre esas dos instancias: entre sus efectos como analista y la teoría que daría cuenta de ellos. O, dicho de otra manera: es el que se compromete en un trabajo de revisión incesante que esos efectos, cada vez, movilizan sobre la teoría preestablecida, marcándola siempre como lábil, fallida, incompleta y, por lo tanto…viva. He allí las preguntas, aquellas adarajas[4] que Lacan encuentra una y otra vez en el texto freudiano, y que hace que se trate siempre de un texto en el que “se palpita una experiencia”. Ah, y cuarto: el analista es también el que, en su acto y en ese incesante trabajo de re-interrogación que es correlativo de su acto, se pone siempre en cuestión.-


[1] Alocución en la Jornada Clínica de Apertura del ciclo 2026 de Fundación Tiempo, 28 de marzo de 2026.

[2] A propósito de esto último, me gustaría traer, de manera lateral, una pequeña joyita que me cayó como anillo al dedo, y que encontré, o re-encontré, en estos días. Me topé sorpresivamente con ella en la clase del 27/03/1968 de “El acto psicoanalítico”. Dice así: “La regla que el analista debe seguir para escapar a esta vacilación que lo lleva a caer con facilidad en una suerte de enseñanza ética consiste en comenzar por percatarse de que él está involucrado en el lugar exacto de lo que condiciona la vacilación esencial del mismo (se refiere al acto sexual), a saber, el lugar del objeto a. Antes que considerarse, al cabo de sus años de experiencia, como el clínico, o sea el que en cada caso tiene ojo de buen cubero para el asunto (acá la traducción de la versión de Paidós, que es la que estoy citando, es bastante precisa, porque a eso apunta la expresión que usa Lacan: el que sabe calcular o medir algo de forma imprecisa, sin instrumentos, basándose únicamente en la intuición y la experiencia. Lacan venía de ironizar, unas líneas antes, respecto a lo que sería “el instinto de clínico”), más le vale servirse de la referencia que tomé la vez pasada, el cuadro de Las Meninas…les muestro la realidad de lo que ocurre con el analista, ilustrada en otros ejemplos que no es de extrañar que a menudo estén tomados del arte. Para orientarse, para tener un conocimiento de otra especie que ese conocimiento de ficción que le es propio y que lo paraliza, conviene que el analista –cuando se interroga sobre un caso, cuando realiza su anamnesis, cuando lo prepara, cuando empieza a abordarlo, y cuando entra en él con el análisis- busque dónde estaba ya él, el analista, en tal momento y en tal punto de la historia del sujeto, del mismo modo en que Velázquez está en el cuadro de Las meninas. Esto tendrá una ventaja: sabrá lo que pasa en la transferencia. El centro, el pivote de la transferencia no pasa en absoluto por su persona. Algo ya estaba allí antes. Esto le brindará una manera muy diferente de abordar la diversidad de los casos. Tal vez llegue a encontrar una nueva clasificación clínica, distinta de la de la psiquiatría clásica, que él nunca logró sacudir, y por una buena razón: hasta ahora nunca pudo hacer otra cosa que seguirla”.

[3] Podríamos agregar, como cuarto punto de interés de la “Apertura de la sección clínica”, la siguiente afirmación de Lacan: “La clínica es lo real en tanto que es lo imposible de soportar”. Parece que Lacan había hecho circular un panfletito, en aquella ocasión, con esa ampulosa afirmación (porque ampulosidad, entre muchos otros atributos, no le faltaba al hombre). Lo interesante es que Marcel Czermak, presente en el público, no se la deja pasar, recoge el guante –o, más bien, la carta que, al decir de Lacan, siempre llega a destino- y le hace la pregunta que había que hacer, pregunta que deja balbuceando a Lacan (¡y mucho más a nosotros!): Si la clínica es “lo imposible de soportar”, ¿cómo podría entonces ser objeto de una transmisión?

[4] La figura de la adaraja es valiosa por al menos dos razones: por un lado, supone un punto de apoyo para seguir construyendo el muro; y, por otro lado, esos puntos de apoyo son marcas de interrupción, puntos que objetan que la ensambladura esté completa. Esos puntos indican que el muro en cuestión –para el caso, las ficciones teóricas- vale en tanto y en cuanto se presenta como inacabado, work in progress que no supone, paradojalmente, ningún “progress”. Así lo destacaba Lacan en la clase del 25/01/1956: “Cada vez que uno toma un artículo de Freud, no sólo nunca es lo que uno esperaba, sino que siempre es muy simple, admirablemente claro. Y, sin embargo, no hay uno de ellos que no esté sembrado de esos enigmas que son las adarajas. Cabe decir que, mientras vivió, fue el único que procuró los conceptos originarios necesarios para atacar y ordenar el campo nuevo que descubría. Introduce cada uno de estos conceptos con un mundo de preguntas. Cada uno de sus textos es un texto problemático, de tal suerte que leer a Freud es volver a abrir las preguntas”.