Marta Del Citto. Trabajo presentado en la Jornada Clínica 2026.
“Anhelaba el amor y la simpatía de un solo ser, para poder volverme amable y humano.”
La Criatura, en Frankenstein de Mary Shelley
El texto y el contexto
Mary Shelley escribe Frankenstein a los 18 años. Su monstruo, universal, es en parte el de todos. Esta obra constituye la culminación del terror gótico y el inicio de la ciencia ficción.
Su criatura es horrenda: concebida en un osario, hecha de restos humanos, eyecta y, sin embargo, locuaz. Habla, piensa y siente. Está, también, hecha de lenguaje.
El inconsciente y su belleza producen el encantamiento del mundo
Algo de la belleza se está perdiendo en el mundo actual… o, más precisamente, estamos perdiendo algo de nuestra relación con lo bello, de nuestra relación con el inconsciente, con el deseo.
El concepto de belleza tiene historia: diversas disciplinas se han ocupado de él. En la filosofía clásica, encontramos en El Banquete de Platón, a través de las palabras de Diotima, que la belleza es aquello que eleva, aquello que conduce desde lo sensible hacia lo eterno. La belleza —dice Diotima— impulsa el deseo más allá de los cuerpos particulares, hacia una forma más pura.
En Jenofonte, en cambio, la belleza aparece más ligada a lo útil, a lo que cumple adecuadamente su función. Lo bello no es solo lo que agrada a la vista, sino aquello que responde a su finalidad.
La belleza ha mantenido, desde siempre, una relación con la bondad y la maldad.
Con Mary Shelley, la belleza se vuelve inquietante. En Frankenstein, lo bello se revela como algo frágil, fácilmente invertible en horror. La creación que aspiraba a la perfección deviene monstruosa, ominosa. Allí, la belleza queda del lado de lo que se pierde o de aquello que nunca logra alcanzarse sin consecuencias.
El psicoanálisis, sin embargo, dispone de un concepto de belleza que le es propio: una belleza que no es armónica, proporcionada ni ideal, donde no hay estética sin ética. Se trata, más bien, de la belleza de un decir singular.
Sigmund Freud, en El malestar en la cultura, señala: “La belleza no tiene una utilidad evidente ni es indispensable; sin embargo, la cultura no quiere prescindir de ella”.
En Jacques Lacan, la belleza adquiere un estatuto completamente singular. En el Seminario 7: La ética del psicoanálisis, afirma:
“La belleza es el último velo antes de lo real.”
Y agrega:
“Lo bello tiene la función de detenernos, de suspendernos, en el umbral de lo que no puede ser mirado de frente.”
La belleza, entonces, bordea lo real: lo vela y, al mismo tiempo, lo señala como aquello imposible.
Desde esta perspectiva, el inconsciente nos brinda su propia belleza: una belleza hecha de lenguaje, de palabras, de imágenes, de formaciones que, a veces, tienen la lógica de un texto surrealista. Lógica que el analista lee en sueños, recuerdos, lapsus, chistes, repeticiones y formaciones sintomáticas.
El inconsciente bordea lo real, lo circunscribe, lo señala, lo manifiesta parcialmente. Y es, justamente, en ese borde donde nos proporciona toda su belleza.
El inconsciente, hecho de lenguaje y estructurado como tal, pone a nuestra disposición la condensación y el desplazamiento para un decir de belleza metafórica.
Ética y estética de la belleza en el análisis
El analista, en su función en acto, contempla la belleza que advino como parte del trabajo de análisis.
Lectura y escritura conforman así un bello par. Analista y analizante sostienen así lazo social particular: el discurso del analista, tal como lo formaliza Lacan en el Seminario 17.
Esa belleza del inconsciente necesita de la escucha del analista para su creación. Es en ese entre-dos —moebiano— entre analista y analizante donde cobra vida.
Un mundo sin belleza puede volverse doloroso, cruel, apático, falto de armonía, indiferente. En nuestros consultorios, esto resuena en decires tales como:
“Me siento solo.”
“No sirvo.”
“No tengo ganas de nada.”
“Siento que no le importo a nadie.”
“Me siento cansado, enfermo, agobiado.”
Nuestra época podría pensarse como la época de la depresión, en tanto nombre de una epidemia contemporánea. Una época donde proliferan saberes que fragmentan y respuestas hechas —incluso desde la inteligencia artificial— pero no singulares, no hechas a la medida de cada sujeto.
Una época donde las redes sociales muchas veces atrapan, pero no contienen ni sostienen; donde la ciencia y la tecnología avanzan sobre los cuerpos antes de que los sujetos puedan pronunciarse; donde todo tiende a volverse mercancía y el ideal se mide en términos de productividad y buen funcionamiento.
Una época en la que, me animo a decir, el psicoanálisis se vuelve más necesario que nunca.
La criatura de Mary Shelley, en Frankenstein, ya lo anunciaba doscientos años atrás:
“Si algún ser sintiera benevolencia hacia mí, la devolvería multiplicada por cien.”
En esta frase, la criatura no pide ser amada por todos, ni siquiera ser comprendida en su totalidad: le bastaría un solo gesto de benevolencia. Allí se juega algo esencial de la condición humana: que el sujeto se constituye en relación con el Otro, y que un mínimo de reconocimiento puede tener efectos.
La ausencia de ese gesto no es sin consecuencias: produce rechazo, segregación y violencia. Pero su presencia, incluso en su forma más mínima, abre la posibilidad de un lazo.
En este punto, la enseñanza del psicoanálisis resuena con fuerza: del lado del analista no se trata de responder con saber ni con bienes, sino de sostener un lugar como gesto —no anónimo, no universal—, un lugar para lo singular. Es, quizás, allí donde puede situarse una cierta belleza como efecto inesperado de un encuentro.
Porque el inconsciente espera a quien quiera acudir a la cita.-